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De vuelta...



Pi, pi, pi, pi,...
Pi, pi, pi, pi....


Suena el móvil para que me levante. Cojo el coche y voy viendo con envidia como la gente va corriendo por el Paseo Marítimo a la misma hora en la que yo mismo lo he estado haciendo gran parte del mes que hemos abandonado... "Al menos tengo trabajo, que hoy en día no es poco" pienso para mis adentros...

Tras algo más de 50 kilómetros aparco y ya empiezo a ver caras conocidas que te saludan y te comentan el buen color de cara que traes, lo relajado que se te vé, etc....

Suelto un suspiro de alivio al comprobar que la mesa de mi despacho tiene si cabe, menos papeles de los que yo dejé el último día de trabajo. Y sin tiempo de reacción suena la primera llamada:

- ¡Sí!
- "Hola José Manuel soy la nieta de X y llevo intentando localizarte varios días."
   Algo en mí hace encender la primera alarma de la mañana...


X es un señor de más de 85 años de una localidad eminentemente rural de la provincia que llegó derivado del módulo de Enfermería una vez le vino aprobado el artículo 104.1 por su elevada edad y por las enfermedades que la propia edad le acarreaban, a pesar de que sobre él recaía una condena bastante considerable y hasta cierto punto bastante reprobable.
Aquí quiero aclarar la falsa afirmación que existe de que llegados a una edad no se entra en prisión, imaginaos sí esto fuese así, sería otro tipo de "aforamiento" peor aún que los que ya sufrimos hoy en día.... Y para muestra, la cantidad cada vez mayor de personas de edad avanzada que cumplen condena en las prisiones españolas.
Con la edad media más elevada de Europa, es un problema que también arrastran las prisiones de Estados Unidos. Se da la paradoja de que en los últimos 13 años ha descendido el número de internos en España en unas 8000 personas, mientras que el porcentaje de internos mayores de 60 años se ha duplicado en este mismo periodo de tiempo.


El caso es que X, después de juntar cielo con tierra, consigue una plaza en una residencia de ancianos cercana a la población donde vive toda su familia con la condición de que será la familia quién sostenga económicamente el coste de esta. El contacto con el Director del Centro es constante y también realizamos una visita al Centro para comprobar el estado de nuestro usuario, quien se muestra muy adaptado a su nueva vida y a sus nuevos compañeros residentes.


A los meses de su ingreso en la Residencia comienzan los problemas. Los hijos de X dicen que no pueden sostener económicamente el gasto que les supone tenerlo en la residencia. Mi compañera de Enfermería y yo ajustamos el tiempo que estuvo preso y calculamos que lo que había ahorrado le llegaba justamente para pagar los meses que había permanecido en la residencia.

En fín, el caso es que finalmente, el señor X iba a abandonar la Residencia para marcharse a una casita alquilada justamente al lado de una de sus hijas, algo que a la familia les resultaría más cómodo y económico.


Unos días antes de marcharme de vacaciones y con una hora de antelación avisé a los familiares de X de que iba a dirigirme al nuevo domicilio para conocer de primera mano que tal estaba la vivienda y como el liberado se había adaptado a su nueva situación. Lo que encontramos fué una persona de edad muy avanzada rodeada de algunos de sus seres queridos y una vivienda bastante correcta, equipada, sin grandes lujos pero con una limpieza y un orden impecables. Al usuario es quién se veía algo más apagado, pero "que demonios, son 88 años..."


                                         




Volvamos a la llamada que he dejado en standby:
- "Mi abuelo murió hace dos días".
Me lo imaginaba, pensé.
- "Lo siento mucho, pero sí estaba bastante bién..."
- Se ha suicidado.......


......Pi, pi, pi, pi, pi.....
El maldito móvil a las 7:
"Menuda pesadilla he tenido..."

Me desperezo en la cama y me incorporo asombrado: ¡Pero sí estamos a martes!


D.E.P.





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